Me gustaría explicarte algo que es CLAVE en nuestros excesos con la comida:

El problema no es y nunca fue la comida como tal.

En un momento de nuestra vida sentimos un dolor, un miedo, una angustia vital, un hambre físico o emocional tal, que acudimos a algo externo para que nos ayudase a lidiar con ello y a sobrevivir.

 

  • Y fue la comida.
  • O fue la sensación de control que nos aportó una primera dieta.
  • O la esperanza de sentirte amada si consiguieras tener un cuerpo admirable.
  • O la creencia de que comer de forma «perfectamente sana» era la solución a…

Y se generó una conexión interna. 

Una creencia que decía algo así: «la comida-dieta es mi amiga y me salva/ alivia/ sostiene…ante el peligro y el dolor».

En realidad, se generó un circuito neuronal, una memoria, entre:

 una emoción + el impulso de alivio/supervivencia + aquello a lo que me agarré

Y así se generó un hábito. Desde una creencia-experiencia que generó una pauta, que se grabó en nuestra mente.

Las emociones son un diálogo entre cerebro y cuerpo.

Hoy en día se habla más sobre la relación entre las emociones y la comida. Sabemos que comemos cuando sentimos tristeza, soledad, miedo, ira, aburrimiento…

Las emociones, que tienen que ver con nuestro cerebro emocional o mamífero, nos hacen segregar cierta bioquímica específica en nuestro cuerpo según la emoción. Cuando un pensamiento, genera una emoción, ésta genera un estado-bioquímico en el cuerpo y unas sensaciones (agradables o incómodas, dependiendo de la emoción).

Entonces, si…

  • nos hemos sentido faltos de amor, cuidado o afecto, es comprensible que hayamos intentado lidiar con ello acudiendo a la comida dado que desde que nacemos, la comida está totalmente asociada al bienestar y el consuelo. Entonces, cuando sentimos soledad, por ejemplo, el cerebro nos recuerda la comida y este pensamiento crea unas sensaciones de necesidad en el cuerpo que al volverse incómodas, nos llevan a actuar para aliviarlas.
  • hemos hecho dieta proyectando que es la solución a nuestro dolor, y hemos pasado hambre, es probable que nuestro cerebro mande señales físicas de alarma y luego tengamos unos impulsos incontrolables de comer.
  • nuestro entorno se ha sentido como poco estable, puede que hayamos desarrollado un estado de alerta constante y creamos internamente que el mundo es un lugar peligroso y necesitamos control y seguridad, por lo que puede atraernos la “falsa seguridad” que nos aportan las reglas nutricionales, por lo que ante la incertidumbre de vivir, nos obsesionamos con los nutrientes, los alimentos milagrosos…

Esta creencias y muchas otras operan hoy en día en nuestra relación con la comida. Algo instaurado y muchas veces repetido, que ha generado un circuito profundo en nuestra mente que nos lleva a actuar.

El “tema” sí es…

Que tenemos distintas partes en nuestro cerebro, con distintas funciones.

Uno más primitivo, emocional y animal que se encarga de preservar nuestro organismo y donde se alojan nuestros programas, experiencias y traumas. Y, tenemos otra parte de nuestra mente, el neocortex, desde donde tomamos conciencia, acción, creamos, reflexionamos… desde nuestro yo más elevado.

Esto explicado así es un poco básico, pero es para entender que nuestros estados emocionales, que se nos repiten, los rige este cerebro “emocional”, más primitivo. Esto significa que en momentos de dolor, miedo o estrés, este cerebro «emocional» nos recuerda la comida para lidiar con la situación, porque es lo que un día nos sirvió. Es lo que nuestro cerebro aprendió. Y podemos estar agradecidas/os de ello, porque en el momento fue la opción que nos permitió seguir adelante. Pero…

No es verdad. La comida no es la mejor herramienta para lidiar con la Vida. Es comida. Y las dietas menos, todavía.

Y aunque un día nos sirvió, el seguir creyéndolo, y mucho menos que sea esta creencia quien manda, no nos sirve ya. Queremos evolucionar.  

¿Por dónde empezar?

Empezamos por explorar nuestras creencias profundas, para dejar de identificarnos con ellas y poder posicionarnos cada día en otro lugar. Un lugar más más soberano y más libre.

Porque la buena noticia es que estos circuitos neuronales, los hábitos que un día creamos, son moldeables. Y además, se pueden generan nuevos. 

Este proceso ocurre cotidianamente, cuando decimos «ahora soy más consciente», «he comprendido esto», «me he dado cuenta de que…».

Es entonces cuando hemos abierto nuevas puertas en nuestra conciencia = nuevas posibilidades en nuestra realidad = nuevos circuitos neuronales. 

¿Y cómo se hace esto?

La clave: deja de ser tú, para ser…tú.

La CLAVE está en cada día elegir esa parte de nosotras/os que es más elevada e inteligente y actuar a pesar de (no negar pero convivir) esa maraña de bioquímica y de creencias que manejamos y que nos sabotean. Porque aunque las amamos y aceptamos como parte de nuestra historia… ¡no es quienes somos verdaderamente!

Con cada nueva elección, posicionamiento, decisión interna… más elevada, abrimos circuitos neuronales nuevos que al principio son sutiles, pero practicando y con intención, se van volviendo sólidos, potentes y sustituyen los circuitos y hábitos anteriores.

Y esto es lo que hacemos al crecer y evolucionar.

Cuestionar nuestros hábitos y creencias, desaprender aquello que ya no nos sirve y actualizarnos a quienes somos HOY. A quienes queremos ser HOY.

Porque la acción, la última palabra, la tenemos nosotras/os. 

Libérate de tu lucha con la comida. Se puede. ¿Qué hace falta?

Conciencia. Presencia. Compromiso.

Un deseo contundente de dejar atrás esa lucha que te mantiene limitada/o y pequeña/o para vivir La Vida desde tu soberanía personal.

Imagina por un momento…

¿Cómo sería tu vida si la comida no fuera NUNCA MÁS una (pre) ocupación en tu vida?

Si cada día te levantases centrada en tu Vida, con toda tu atención, sin interferencias, sin inercias que no te sirven, desarrollando tu potencial y descubriendo quién eres más allá de tu excesiva preocupación, u obsesión, por la comida. ¿Cuánto espacio habría en tu mente y tu tiempo si la comida ya no fuese un problema, sino una aliada. Comer para vivir, en vez de vivir para comer. 

Permítete verlo y sentirlo y que se convierta en el motor de tu transformación. Porque estamos hablando de salir de lo conocido, para ir a la exploración de ti misma/o.

Lo primero…

Por muy sencillo que te parezca, pon en práctica este ejercicio de observación-presencia.

Identifica cuál es el pensamiento PREVIO a sentir la urgencia o impulso de comer sin hambre, comer dulces, de darte un atracón, de no parar cuando estás llena, de proponerte empezar una dieta…

Haz una lista, anota la creencia y las emociones que genera en ti. Siente las sensaciones, no les tengas miedo, quédate con ellas pero no SEAS ellas.

Porque son pensamientos, que generan emociones y urgencias conocidas ¡pero no tienen la capacidad de mover músculos! 🙂

Trae tu atención al presente y no dejes que los automáticos campen a sus anchas.

Puedes también…

Hacer un inventario de aquellos pensamientos, comportamientos, estados, emociones….que se te repiten en tu día a día. Hacerte consciente de tus «circuitos» y hábitos, ya que todo aquello que miramos, cambia. 

Si quieres poner en práctica sencillas pero profundas herramientas que te traigan a TU presente con la comida y desde aquí hacer las paces, descárgate mi guía “4 herramientas para hacer las paces con la comida” y empieza tu camino de liberación HOY.

Por tu soberanía,  

¿Quieres terminar con tus excesos con la comida?

Descárgate esta GUÍA que he preparado para ti y da los primeros pasos.

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