Aquí no vamos a  intentar controlar el “comer emocional o compulsivo”, les digo.

Sus miradas de incredulidad, cargadas de confusión y dolor, me ha llevado a escribir este post hoy.

La necesidad de ampliar la perspectiva que tenemos al respecto.

Comer de forma compulsiva o emocional es una forma de lidiar con alguna situación o emoción difícil, dolorosa o estresante, que no sabemos como gestionar o “navegar”.

Y que incluso puede que tal vez ni supiéramos que nos está ocurriendo, si no fuera por las señales o síntomas que nos lo recuerdan.

Esta energía que nos lleva a comer de forma “atropellada”, como yo prefiero llamarla, es en realidad una energía amiga que merece ser tenida en cuenta y escuchada.

Cuando eliminamos el juicio y el estigma sobre nuestra forma de comer, y dejamos de considerarlo un defecto, una patología o un “problema” en sí mismo, podemos realmente ver lo que es:

Una fuerza que nace de mí y me indica que algo está afectándome y necesita ser atendido. Algo que tiene poco que ver con la comida o mi peso, en realidad.

El problema es que generalmente nos centramos en controlar lo que comemos, en “no comer”, en lugar de centrarnos en desarrollar nuevas formas de aportarnos lo que necesitamos.

Nuestro juicio es mucho más dañino que la comida.

En realidad, sufrimos mucho más por nuestra autoexigencia y juicio, que por el hecho en sí mismo de darnos un atracón, empacharnos o comer a escondidas.

El malestar va mucho más allá de la incomodidad física. Muchísimo más.

¿Por qué? Porque tenemos que lidiar además con: la vergüenza por haber fallado, el miedo a engordar, la creencia de que hay algo profundamente malo en mí, por no haber sido capaz de “controlarme” (y esto muestra mi debilidad, vagancia, falta de fuerza de voluntad…).

Realmente, el malestar físico resultante de un empacho o atracón…se pasa bastante rápido. Es cuestión de unas horas. Nuestro juicio de la experiencia, el machaque, es mucho más devastador.

Cuando nuestra forma de comer se vuelve más “natural” (y no me refiero a conseguir comer de una forma ideal que me lleve a un cuerpo ideal, sino a cuando comer se vuelve sencillo, placentero y nutridor) no es consecuencia de haber desarrollado más fuerza de voluntad, o haber conseguido mantener a ralla nuestros apetitos, o haber construido hábitos a base de repetición.

Es porque como persona he aceptado la tarea de atender MIS necesidades y colmarme de atención amorosa, por encima de las exigencias sociales de estética corporal o las creencias imperantes sobre salud, que varían continuamente, y que nos llenan de miedo y culpa.

A menos que practiquemos nuevos mecanismos de afrontamiento, que aprendamos a sentir y a ser verdaderamente compasivos, continuaremos comiendo cuando nos sintamos emocionalmente incómodos. Acudir a la comida para calmar mi malestar, para sentirme reconfortada, ES INTELIGENTE. Porque no sabemos hacerlo mejor y nos permite seguir adelante con nuestra vida.

Muchas de las personas en mi consulta creen que su “compulsión por la comida” es algo patológico que tienen que erradicar de su vida. Y es comprensible. Está en el subconsciente colectivo el rechazo por nuestras debilidades y el utilizar el control y el reproche como forma de “enderezarnos”. Esta cultura ensalza la capacidad de autocontrol como algo admirable.

Por eso, incluso cuando descubren que el origen de su forma de comer es emocional y que responde a un dolor o malestar, su autoexigencia les dice que son “malas” lidiando con sus emociones, por lo tanto, eso también tienen que cambiarlo porque es inaceptable. Es algo que tienen que solucionar ya.

El nivel de exigencia es altísimo. El dolor también.

La raíz de esta autoexigencia es la creencia de que “tal y como soy, no soy suficiente, tengo que arreglar(me) para ser aceptada”. Una conclusión a la que llegamos (me incluyo) hace mucho…

Así, cada vez que nos encontramos comiendo de forma emocional, nos reprendemos por no ser capaces de habernos controlado, o si vamos más allá, por no haber sabido lidiar con nuestras emociones. ¡Encima! Y no nos paramos a sentir compasión y amor hacia nuestras dificultades.

Por lo tanto, el ciclo continua.

Demonizar la comida o el impulso no es la solución

Cuando yo les digo…

¿Y si ese “comer emocional” que te avisa de que hay algo que necesita de tu atención amorosa, es “Tu Guía en el Camino”? ¿Y si merece ser abrazado y no  considerarlo algo erróneo que hay que eliminar en ti? Incredulidad.

¿Y si pudiéramos confiar en nuestro cuerpo como origen de esta energía poderosa? Más incredulidad.

¿Confiar en mi cuerpo?

Para una persona que lleva años intentando domar y mantener a ralla su apetito y controlar sus impulsos desde la restricción, es, como poco, chocante esta perspectiva…pero hay algo dentro de ella que reconoce lo que le digo.

Cuando escucha que su relación con la comida “le recuerda que es una persona, humana, lidiando con su mundo interior-exterior y que LO HACE LO MEJOR QUE SABE y por eso mismo MERECE SER AMADA TAL Y COMO ES HOY, descansa.

Y se lo digo porque sé por experiencia propia, que seguir el camino de los mensajes, no de lucharlos, sino de escucharlos, de ser compasiva, me ha llevado al encuentro con partes de mi misma que necesitaban de mi amor, y que me han proporcionado, y me siguen proporcionando, grandes tesoros y una vida más íntegra y verdadera.

Y lo veo cada día, en todas las personas que deciden emprender el camino de “crecer a través de sus señales”.

Y se empieza por colocarnos en otro lugar, por cambiar la perspectiva… se trata de querer ir al encuentro.

En próximos artículos veremos cómo se traduce ésto en nuestro día a día…

Honremos las señales.

 

P.D. Si quieres compartir tu experiencia, puedes dejar un comentario más abajo o contactarme. ¡Me encantará saber de ti! 
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